Crónica: Mi yegua y Yo

La conocí hace veinte años, para entonces ella tenía 30 años de edad. Trabajábamos en la misma institución estatal, la Policía Nacional Civil de El Salvador, a veces, compartíamos turnos de diez de la noche hasta las seis de la mañana del siguiente día.

Patrullábamos y platicábamos toda la noche de diversos temas.

Su vida es un ejemplo andante de como la desigualdad de género en El Salvador marcó psicológicamente a las mujeres desde inicios del siglo XX, desde los abuelos de la generación setentera.

La bauticé cariñosamente con el sobrenombre de chipilina  por su fino rostro, de alguna forma la asocié a esa palabra, recuerdo que fue más por aprecio que por otra cosa. De ahí en adelante siempre fue la Chipi.

Se hacía llamar Sara o Sarita. ¿Por qué entraste en la policía? Le cuestioné en una ocasión. Es que después de la guerra quería que ya no me trataran como a una mujer-dijo- ¿cómo? no comprendo- respondí-.

Te voy a contar como crecí en mi pueblo y cómo la vida me trajo hasta aquí -dijo en voz suave y entrecortada – intuí que no sería una historia de zapatillas de cristal.

Cuéntame pues- dije- Y comenzó con la historia de su vida.

El kirikiki anunciaba los quehaceres para el abuelo y la abuela, para mi mamá y mi papá. El ineludible olor a orines de zorrillo se mezclaba en la madrugada con el de caca de vaca, ambos terminaban con el deseo de seguir durmiendo.

Titán, el caballo del abuelo relinchaba y el aroma a café hervido anunciaba un nuevo día.

Dormía entre telepates y una que otra pulga, la hamaca no paraba de mecerse toda la noche, pasaba rasca que rasca  mi delgado cuerpo. Amanecía desvelada.

La abuela hirvió el café y mi madre guardó frijoles con queso fresco en una hoja de huerta tierna, la envolvió en una manta y la metió en una chula. -¡Aquí está el desayuno Teresooon! dijo mi madre a mi papá. Oy Ermelinda ohh, estoy llenando el tecomate -respondió él-.

Zoooooooo Titan zoooooooooo, dijo mi abuelo. Mi padre saltó en ancas con el tecomate lleno y su corvo.

Dionisia ooh -mi abuelo- hay vas a lavar los trapos al río, echas las tortillas y le das de hartar a los chuchos, oíste bien vaaa. Sí viejo -mi abuela- Ya te oí. Con un “Dios que les acompañe” en su mente despidió a yerno y a esposo-.

Voy a llevar a Teresón a que se haga más hombreee -dijo el abuelo y carcajeó-. Peregué peregué peregué se escuchó en el potrero.

Un antiquísimo y frondoso árbol de Conacaste blandía sus ramas frente a la casa, un Falso permitía la entrada a la Champa. Tres árboles de Anona, en fila a la orilla del cerco anunciaban al visitante una ambiental estadía y la pronta llegada del invierno. Un árbol de Morro hacía formar cuatro en fila.- Detalló-

Mientras me hacía la dormida, mi abuela aconsejaba a su hija, a mi mamá: “La cipota debe  aprender a lavar bien los trapos y a echar las tortillas, con eso ya podrá ganarse la vida cuando esté crecida”.

Andá y la despertás, me la voy a llevar al río para que me ayude y vaya aprendiendo-dijo mi abuela-, ¡pero mamá!- mi madre- si la niña está chiquita, apenas tiene siete años, mejor llévese a Miguel (mi hermano gemelo).- ¡cómo crees! si él es hombre, a él hay que cuidarlo porque es quien traerá los frijoles y el maíz a la casa, él que se quede dormido, ojala y cuando Miguelito tenga quince años se meta al ejército-finalizó la abuela-

Yo deseaba ser hombre en ese instante.  Narraba muy segura de sí misma.

Mi mamá me levantó…. ya es tarde hija -dijo entre dientes- hice como si dormía eternamente. Sarita levántate -insistió- no pude más que obedecer.

Ya está aclarando, vámonos Sarita -la abuela-, no respondí. Y ésta ischoca que no entiende, dijo enfurecida ella.

Como costumbre, sin desayunar más que el sereno de la madrugada, emprendimos camino. Miguelito, dormido.

Un tanate me esperó en la orilla del Falso, nadie dijo nada, era mi carga. Corrí  por dos leguas, ella no caminaba, casi corría junto a un par de chuchos comelones de aguacate. Una piedra plana y rígida, torneada por el llorar del río, acogió nuestras cargas.

La abuela se despojó casi de toda su humilde vestimenta, un fustán largo y blanco cubrió su templo. Aquí está tu lavandero -dijo por fin ella-. Una pequeña planchita de piedra me sonrió.

No lavé nada, creo que solo enjaboné o ensucié más los trapos, casi no lo recuerdo –sonríe-.

La estrella madre se puso, la abuela se mojó con un poco agua aserenada, un huacal de morro chorreaba.

Tenía sueño, extrañaba a los telepates y a las pulgas de mi hamaca- explica detalladamente mientras ríe caudalosamente-

Dos tanates colgaban de un tronco delgado de guayabo, uno a cada lado, la abuela se metió en medio de los bultos y el guayabo se hizo yunque.

Creció mi pensamiento y la vergüenza, no fui a la escuela porque mi papá nos enseñó a leer a ambos hermanos.

Del cantón no acompañé a nadie al pueblo mientras crecía, solamente Miguel conoció el camino. No iba al campo a correr porque decía mi abuelo, me podían lastimar. Miguel ya no pedía permiso para nada.

Un día ascendí de dormitorio, bajé de la hamaca a un petate. Y me dieron una yegua de compañía. Íbamos al río a llenar los cantaros, a lavar los trapos de mi hermano, de mis dos abuelos y mi mamá. Mi padre desapareció del campo un día. Decían que se fue a la montaña, a la guerra. Miguel entró al ejército.

Crecí para el este y al oeste, al sur y al norte. Mi pelo de jilote lamía mi espalda.

Volvimos antes que el calor llegara al centro del firmamento, mi madre ya había aplastado el maíz en una piedra con forma de bandeja, otro pedazo de piedra le ayudó en su cometido.

Miguel jugaba en el potrero con un chucho y unos morros, iré a jugar –pensé-. Trae leña Sarita -dijo mi mamá-. ¡Noooo! -dijo la abuela, ese es trabajo para hombres, que vaya Miguel, pidió. Ahhhh, al fin me salvé – cruzó en mi corazón-. Ella que venga a amasar la masa y a tortear -repuntó la abuela-.

Por un instante noté un cambio camaleónico en Sara, de alegría a tristeza.

-Con las primeras tortillas que coma Miguel, ha de estar cansado- alzó la voz la sexagenaria-. Con la segunda tanda que se vaya la Sarita al potrero, los hombres estarán esperándola, ordenó.

Constantemente quería ser Miguelito y dejar de ser Sarita – dijo-.

Los dos íbamos un día sí y un día no al río, a veces se me adelantaba y a su vez, relinchaba. Me acompañaba un asial para domarla, mi espalda lo había conocido infinidad de veces con la furia de mis queridos abuelos y ella igual, de mis fuerzas.

Un día rumbo al río salió en estampida mi yegua querida, volé por los cercos tras su nuevo destino. No logré alcanzarla, nunca volví sola.- hizo una escala, el radio del patrulla gemía-.

Giró su mirada al infinito, parecía buscar algo.

Un pueblo rodeó mi templo, temblé de felicidad, de alegría, de asombro, de curiosidad. Sentí que por fin era libre. –Sostiene

Y pensé en mi yegua- ¿quizá ella siente lo mismo que yo?- No la buscaré más.

Y fuimos libres mi yegua y yo. Pareció que terminaba la historia.

Nadie me había visto nunca, los hombres me veían y cruzaban miradas, los nervios me invadieron. Caminé en círculos por el pequeño poblado y en una casa donde  habían muchos hombres, se leía: “se necesita muchacha”, cantina de San Isidro.-continuó diciéndome-

Entré a preguntar por el anuncio, una hermosa dama con vestido corto y lentejuelas salió a mi encuentro.

-Hola princesa dijo ella, no, soy Sarita respondí. Vienes por el anuncio verdad continuó la dama. Me tomó de la mano y me dio un fuerte abrazo, uno que jamás había recibido. Me hizo sentir como en casa.

Pasamos entre unos hombres extranjeros -al menos para mí- me miraron, sonrieron y gritaron: esoooo, esoooo. Sangre nueva – dijo uno de ellos-.

Me llevó a un pequeño dormitorio, solamente había una cama, un espejo en la pared y una mesa pequeña color celeste. Aquí los traerás me dijo la señora, ¿qué traeré? Cuestioné, no mija aquí saldrás de la pobreza dijo sonriendo la hermosa dama. Pensé otra vez en cómo le estaría yendo a mi yegua, dónde estaría, si estaría con hambre o no; luego me recosté apaciguadamente. Dormí por largo rato.- No le interrumpo, parece que lo trágico aflora-

Ton ton ton, sonó la puerta. Era la dama de corto, abre la puerta -dijo ella- y abrí de inmediato, adormitada. ¿No tienes calor? preguntó amable y alegre la dama, sí un poco-le dije-.

Puso sus manos sobre mí despojándome la blusa, me dejó en ropa interior. –Su rostro comienza a querer decir algo más– Y se fue como si algo le apresuraba. Volví a recostarme-dice y sonríe abiertamente-

Ton ton ton, -ahí está de nuevo y a hora que quiere esta señora pensé-.

Aquí tienes tu primer cliente dijo sonriendo la de experiencia. ¿Cliente?-dije-Si mi amor, abre la puerta repitió.

Logré escuchar -dice Sarita- cuando la señora le dijo al hombre: es toda tuya. Que nadie sepa que estuve aquí -dijo el extraño- Mi cuerpo era un temblor de alto grado. El miedo albergó mi alma. Me acordé de mi mamá, de Miguel, de mis abuelos y también de mi yegua. – Explica con el rostro fruncido-

En letras pequeñas y en color rojo, habían escrito algo sobre la puerta. Antes de abrir, lo leí: el pueblo unido jamás será vencido-decía-. Y abrí bruscamente para atenuar el cúmulo de mis temores.

Un hombre alto y fornido, con barba espesa y larga, con un sombrero viejo adornando su cabellera larga; me miró amenazante y guardó silencio. Cerré mis ojos, la vergüenza me mataba. La dama se había ido.

No lograba ver con certeza su rostro, veía entre ojos, él se tapaba a propósito. Mis extremidades estaban a punto de resquebrajarse, jamás un hombre me había tocado. –Frunce más su lindo rostro– ¿Tú eres Sarita? -preguntó él- no logré contener mi llanto, él me abrazó, yo también le abrasé tan fuerte como solo había abrazado a mi yegua, palpó mi rostro con unas manos ásperas. Lloré  a moco tendido, era mi padre.

Doce años tenía sin saber de él, pero su voz la guardaba en un rincón de mi soledad.

No lográbamos soltarnos cuando una voz agitada dijo- ¡Comandante! ¡Comandante! vámonos, vámonos ahí vienen los chacuates,  y salimos corriendo de la cantina.

Dos hombres corrían tras nosotros, amigos de mi padre, vestían verde olivo liso y desteñido, sin membretes ni insignias. Cada uno llevaba un fusil y mi papá, con una mano me halaba y con la otra empuñaba la libertad-como él le decía a su arma corta.- Un trío de lágrimas acariciaron a la Chipi-.

Nos perdimos entre el bosque, caminamos como siete leguas cerro arriba y de repente, mi yegua caminaba desorientada. Mi alma volvió al puesto. Ya era doble alegría-dice– mientras con su dedo índice traza sobre sus pómulos limpiando la salobridad.

Llegamos  a un campamento donde había trece hombres armados, un par de ellos con pañoletas rojas tapando sus rostros.

En una roca alguien había escrito en rojo sólido, parecía sangre: el pueblo unido jamás será vencido, lo leía en segunda instancia.-Yo no sabía que significaba eso- me dice.

Solamente había una mujer entre todos los hombres, con ella te entenderás -dijo mi papá.

Al siguiente día, cuando el gallo aun no gritaba, la mujer me despertó y me dijo: vámonos al río, tráete los uniformes en tu yegua, iremos a lavar.-carcajea y su tez vuelve- Me acordé de la abuela-reseña-.

Nos fuimos mientras todos dormían, excepto uno que estaba de turno haciendo imaginaria. Caminamos por dos horas, lavamos y volvimos con los trapos secos. Cuando llegamos al campamento, ella me enseñó un polletón improvisado, aquí trabajarás -dijo-.

Debía echar cien tortillas en una hora, fácil para mí- la abuela me había enseñado. Así trabajé mucho tiempo en un lugar y otro. A los compañeros de mi padre les decían “compas”. Salían a menudo, tras varios días de ausencia volvían hambrientos y revolcados, incluido mi papá.

Cuando arribaban, un grupo primero y otro después, desarmaban sus armas y las limpiaban.

Un buen día pedí a mi padre acompañarlo, que me diera un fusil y que haría lo que los hombres hacían. -Es que a veces llegaba alguien herido y en una oportunidad, el Jaiba ya no regresó al campamento. Me invadía el temor cada vez que mi padre salía, sentía que algún día no volvería –resume-.

No pregunté nada por el Jaiba -lo asumí- dice un tanto acongojada -y él me respondió: Las cosas de los hombres son de los hombres, las mujeres son para otra cosa, yo y la libertad -su arma- somos distintos a ustedes desde la creación del universo, ni en la biblia aparecen ustedes con poder para decidir, ni tan siquiera para hablar. Nosotros somos la cabeza. -Los hombres somos para la guerra y las mujeres para la casa- dijo el Comandante- está bien papá -respondí-

Seguí echando las tortillas, lavando los trapos, haciendo la comida y…. conversando con mi yegua. Muestra conformismo, como si la mujer no es capaz de desarrollar las mismas actividades que el hombre

Bajó del institucional, puso su mano derecha sobre su arma de equipo y continuó explicándome cómo llego a ser policía.

A finales de mil novecientos noventa y uno, nos trasladamos al centro urbano de San Salvador, a Cuscatancingo. Mi padre me dijo que era la ofensiva final, la del tope, que esperara en esa casa. Que hiciera mucha comida, que pronto volverían, recalcó antes de contemplar por vez última su figura. – La Chipi hizo una larga pausa, no le interrumpí, ahora sí lloró torrencialmente-. Mis ojos hablaron. Me contagió.

No decíamos nada, ella perdía su mirada en la oscura tarde, comenzaba a caer la lluvia. Yo aguardaba en el timón. Arreció la naturaleza y ella, firme recibió toda la tormenta. Ya no tenía lágrimas, se confundieron con la lluvia.

No pude soportar ver su furia bajo la lluvia. Bajé a compartir su tristeza. No dije nada, solamente le acompañé.

Después de los Acuerdo de Paz, entré como cuota del Partido político FMLN a la policía, no fue fácil colarme, la oportunidad era más para hombres que para mujeres.

Traté de abrir una brecha para otras mujeres -dijo ya serena-. Ahora que trabajo aquí nadie me manda a hacer las tortillas ni a lavar al río- dijo sonriente-. Entré porque he querido demostrar a mi abuela y a mi papá que está en el cielo que las mujeres somos tan capaces como los hombres –culminó diciendo muy segura de sí misma-.

¿Y Miguel tu hermano, qué fue de él? –pregunté-

Ahh, él nos persiguió por un tiempo, se hizo teniente, a veces vamos juntos a visitar a mi madre a San Isidro –dijo ya repuesta-

Sector quince sector quince, lloró la radio, hay un diez cinco en la terminal de autobuses agrediendo a una sierra, vuele vuele, se me ordenó. Diez cuatro diez cuatro respondí y en un santiamén, la Chipi estuvo a mi lado. Los dos empapados, zarpamos a salvar al Mundo.

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